Las voces del agua

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Las voces del agua

Por Andrés Isaac Santana

Cuando llegue la luna llena 

iré a Santiago de Cuba.

Iré a Santiago

en un coche de agua negra.

Iré a Santiago.

Cantarán los techos de palmera.

Iré a Santiago.

Cuando la palma quiere ser cigüeña.

Iré a Santiago.

Y cuando quiere ser medusa el plátano.

Iré a Santiago.

Con la rubia cabeza de Fonseca.

Iré a Santiago.

Y con la rosa de Romeo y Julieta

Iré a Santiago…

Habría que esperar por un discurso crítico mucho más audaz y visionario, para que el anterior (el de ahora) se deshiciera de su fatum de decadencia e implementara lances amatorios con todo tipo de poéticas. La crítica tradicional se apresuraría a etiquetar a este artista dentro de un contexto de referencias asociadas, ya sean tendencias o estilos, a todas luces evidentes, sabidas por todos. Pero como yo no pertenezco a esa escuela del prospecto y de la fórmula rancia y obsoleta, no ensayaré el rastreo y la pesquisa de ese horizonte referencial y de influencia en la obra de Juan Antonio Rodríguez, artista cubano residente en Florida. Por el contrario, y respondiendo a la propia naturaleza poliédrica de la imagen atrapada en su obra, no le pensaré como el pintor ya pensado y prefigurado por otros; lo haré como el narrador que es, por encima de todas las cosas. Si un rasgo de identidad revela su obra ese es el de ser ella misma un texto narrativo en el que la reflexión holística y la perturbación humana constituyen las fuentes autónomas de su específica gramática. El cuadro importa, pero más allá de este, lo que realmente le importa al artista es la amplitud del relato y sus infinitos umbrales de expectativas. 

Acompañado de mi copa de Ribera del Duero observo un amplio repertorio de obras suyas. Vuelvo sobre ellas una y otra vez buscando entenderlas, atrapar algo que creo se me escapa, un algo que no logro precisar del todo, pero que me lleva a pensarle como un narrador que pinta o un pintor que narra historias. Que de vez en cuando el crítico tenga que fingir que lo comprende todo, no excusa de confesar que no entienda nada. El pudor social conduce, la mayor de las veces, a la mentira, y con ella, a la más estrepitosa de las falacias. No comprender del todo, es humano. Todo aquello que no sé o que se fuga a mi entendimiento, realza, en cualquier caso, el heroísmo de mi debilidad. Pero, insisto en ello, observo la obra de Tony, la observo con celo. De ese mirar enfático y subversivo aflora la necesidad del texto, el deseo casi irracional de poseer, en la palabra escrita, la polivalencia del signo pictórico, sus arrebatos y sus ademanes reactivos. Descubro entonces que términos tales como: pensamiento, viaje, nomadismo, ficción, ideales, trascendencia, identidad y espacio, organizan el vocabulario expandido sobre el que se orquesta el tejido de su poética. 

De entre todos esos términos, el viaje, la ficción y el nomadismo intermitente, cifran una tríada sémica, convertida en la reina por antonomasia dentro del contexto temático de toda la obra. De tal suerte, el conjunto de ella podría leerse, en su totalidad conclusiva, en tanto que disección pictórica acabada acerca del viaje como figura tropológica. Todas las piezas, o una gran parte de ellas, se advierten atravesadas por el síndrome del desplazamiento, la ida y la vuelta. Un movimiento que, por otra parte, no precisa de destino, ni de puertos de arribos, ni de pasarelas de identidad reconocibles. Se trata de un viaje en abstracto, un viaje histórico, un viaje eterno; se trata, entonces, del viaje. El hecho de que el artista sea cubano, un cubano como yo desplazado, invita a la crítica de turno a establecer el marco de interpretación y de lectura respecto de su discurso a tenor de esa condición insular. Sin embargo, esa reducción del sentido se desmiente al escuchar al artista y al advertir la propia ambición de su viaje. Tony sabe, sabe bien, que ser cubano no es una etiqueta de valor añadido; sino, y al cabo, resulta tan solo una nominación de origen con toda la carga cultural (también dramática) que ello conlleva. De ahí que su viaje sea más un relato de alcance universal, fundacional y utópico. No hablamos de ese viaje del cubano que se va, de ese viaje que ya ha sido explotado, ritualizado y hasta vulgarizado hasta el cansancio. Nos referimos aquí a un deambular de los propios procesos culturales, de esas materias que de tan abstractas -a ratos- terminan por configurar nuestra ontología universal sobre la base de un gran texto de alquimia. 

Refiriéndose al carácter de esa travesía, el joven crítico cubano, Píter Ortega señaló que “probablemente, más que una travesía física, se trata de un viaje ficticio, utópico, una sempiterna persecución de esos sueños, aspiraciones y anhelos de estos infatigables hombrecitos en marcha. Como El Quijote, estos personajes son unos guerreros románticos, unos justicieros henchidos de valor y profunda eticidad. Es así que se aprestan a conquistar el mar, a rebasar las fronteras terrestres que les aprisionan, a degustar el llamado sueño americano, a desafiar un nuevo orden mundial. O a retar el sol –como Ícaro–, a conocer ese día después de mañana. A conquistar el espacio, a sobrevivir con “extrañas formas”. A luchar por su libertad y plenitud. Su principal arma: la fe, la confianza en la infalible ley de la atracción, la certeza de que todo lo maneja la mente humana, y un pensamiento repetido mil veces se convierte en una verdad”. Queda claro, en este sentido, que la dimensión metafórica del viaje registrado en la obra de este artista, rebasa, con mucho, el contexto insular y el amplio ramillete de alegorías que resultan de esa misma construcción. 

Ello me lleva a especular una tesis que me asaltó en el momento mismo en el que tuve acceso a su obra y que refrenda mi hipótesis del narrador-pintor. Es el hecho, nada desdeñable para la digresión interpretativa, de que Tony no vive en el tiempo sino paralelo al tiempo. Esto, que parece un ejercicio de retórica y un sofisma, resulta vital para entender el énfasis narrativo de su propuesta. La obra no remite, como se ha pretendido, a acontecimientos particulares. En su defecto, y tomándome una licencia, podría incluso afirmar que Tony comprende la historia como una suerte de hechología retórica de la que el hombre bien podría prescindir, toda vez que lo que más importa a este artista es la dimensión narrativa, la capacidad ilusoria de la ficción, la voluntad fundacional y el deseo de contar historias que no tienen por qué estar ligadas, necesariamente, al mundo de las evidencias. 

 

Tony Rodriguez

 

Cercana a esta idea, se ubican algunas conjeturas que, sobre la obra de Tony, ensaya el crítico cubano Antonio Correa Iglesias, cuando advierte que la pintura de éste “es el énfasis de un limbo en el que gravitamos hacia una profunda soledad. El desgarramiento en la obra de Juan Antonio Rodríguez no solo es el sentimiento por la disolución de una ciudad, de un mundo, es, sobre todas las cosas, un desgarramiento por dejar de ser, es la disolución de una entidad llamada Hombre condenada a desaparecer. Nietzsche decía que el mayor pecado del hombre es haber nacido”. Ese mismo limbo y esa misma disolución, resultan, entretanto, fortísimas razones argumentales de la obra que enfatizan su voluntad de abstracción respecto de circunstancias concretas y rastreables en el tejido de lo cotidiano. Tony es, al cabo, un pensador, un tipo inquieto que goza de formación no solo académica sino de esa otra que se organiza y se dispensa a través de la experiencia de vida. Solo el que vive con intensidad y habla con demonios, es capaz de traducir las interlocuciones de su pensamiento errante en obra de arte. Solo aquel que apuesta pueda ganar, solo aquel que sueña es capaz de volar. Tony es un hombre que vuela, ese que un día pensó en la tierra con los pies en el cielo o ese otro que señaló las estrellas en el calor del asfalto. Su subjetividad está atravesada por una idea que es siempre recurrente: el movimiento. Un tipo de movimiento extraño que, como en la literatura, puede alterar los tiempos, jugar a las yuxtaposiciones infinitas y gestionar solapamientos bastante aleatorios. Su obra procura narraciones que buscan siempre, por encima de toda pretensión de seriedad o de gravedad conceptual, el divertimento, la expansión, el deseo de libertad, la demolición y bancarrota de cualquier tiranía ideológica que antepone el deber ser por delante del ser mismo. 

Difiero de Correa Iglesias, eso sí, respecto de la idea de un “barroquismo solapado” en la obra de Tony. El crítico, con declarada agudeza, señala que “el esmerado cuidado de los detalles pictóricos es un elemento a considerar una vez que este viene a reforzar un barroquismo muchas veces solapado. Cubrir el espacio pictórico no es una obsesión, en todo caso; Juan Antonio Rodríguez satura su lienzo de detalles para enfatizar lo abigarrado y herrumbroso de una ciudad que, como sus actantes, se descompone”. Por una parte, habla de solapamiento; de otra, igualmente, reconoce la saturación como un principio activo en las superficies del artista. Tal vez por ello me inclino más hacia el entendimiento de un barraco expansivo y estable. Es, desde ese paradigma, que el relato de su obra adquiere sentido de corporalidad en la espesura de los detalles. La acción descriptiva supera el gesto narrativo, en este caso concreto. 

De ese impulso barroco deriva una estrategia de representación en la obra del artista que me resulta bien interesante y que afecta, por completo, a la noción de tiempo paralelo del que hablaba en otra ocasión. Y es esa capacidad de arbitrar momentos, escenarios y situaciones muy distintas, distantes y divergentes en un acto de proximidad y de superposición que me gustaría nombrar como ejercicio de convivencia. De facto, esa convivencia se traduce en la erección una metáfora deliciosa de la que, valga decir, participan muchos otros artistas cubanos. El hecho de ser sujetos insulares flotantes en el Caribe y con fuertes lazos de pertenencia al contexto latinoamericano, nos convida a la euforia del travestismo, a la danza de las superposiciones, al juego de mascaradas y a las narraciones apócrifas. Somos camaleones compulsivos, sujetos cambiantes y barrocos, seres que sabemos quemar la vida en un instante de placer y de fuga. 

Toda su iconografía, todo su simbolismo, toda su narrativa, remiten, sin dudarlo, a un espacio surrealista y surrealizante: un lugar otro. Relativo a esa percepción surrealista, señala P. Ortega que “Los trabajos del creador emplean una operatoria estilística cercana a los preceptos de la estética surrealista, en especial en lo que concierne a la convivencia de mundos antagónicos, espacios de representación dispares, con el ánimo de generar extrañamientos, más que analogías. Incluso, en algunas obras se evidencia un guiño directo a figuras emblemáticas de dicho movimiento artístico, como es el caso de René Magritte. Los delirios y la fértil imaginación de Juan Antonio encontraron en el proceder surrealista la vía perfecta para canalizar sus preocupaciones temáticas”. La precisión quirúrgica de este crítico cancela la digresión dilatada sobre este asunto. 

Esa otredad en la obra de Tony, distinta de la que la culturología contemporánea maneja en sus textos canónicos, la entiendo como un emplazamiento recursivo de la teatralidad. Sus piezas disfrutan de un sentido escenográfico y teatral que me gusta. Incluso, si me dijeran que fueron ejecutadas para acompañar una obra de teatro o un ballet, me lo creería, desde luego que sí. Conforme los escritores del postboom latinoamericano se jactaron en la crítica a la gravidez trascendental de la escritura y de sus modelos anteriores, sellando su muerte con el beso de una mujer que pudo -quizás- ser araña; Tony, en tanto recuperador audaz y arqueólogo contemporáneo del boom, resucita de su tumba al sujeto cósmico que dibujó para sí y para su espacio de referencia una imagen teleológica y heurística de su cultura. Mientras que aquellos (los del postboom) parodian hasta la saciedad y la vulgaridad que basa su estrategia en la copia sin mayor envergadura, Tony, por el contrario, asume el sino de su vida y escribe la historia sin el miedo a esa sentencia de Luis Cardoza y Aragón que reza: “las predicciones de una época son las repugnancias de la siguiente”. Así, toda su obra, en su comulgar casi litúrgico, apuestan por una visión que no necesita de lo posmoderno como canon, sino que restituye el valor y la pertinencia de una ensayística moderna en la que la belleza de las formas y sus voces no tiene por qué no resultar proporcional a la eficacia discursiva y conceptual que la anima. De esa lógica resulta un proyecto de imagen en el que se trenzan las relaciones más audaces entre el imaginario pictórico y las formulaciones narrativas/especulativas generadas por la fruición de su pensamiento, inquieto y expectante. 

 

Tony Rodriguez

 

Y no existe ni polémica ni disparidad en el método empleado a lo largo de toda su narrativa. Este es siempre el mismo: la emancipación del ojo expectante frente a los accidentes topográficos del paisaje de los sueños y la posibilidad de activar en él un desvío retórico que otorgue sentido a la imagen. Es ahí donde aparecen esas extrañas arquitecturas y esas ciudades suspendidas y flotantes. Se presenta, de este modo, una arquitectura híbrida en la que los personajes que la habitan son conscientes o no de su (mala)suerte. Estos ámbitos, en la obra de Tony, se convierten también en una especie de alegoría del espacio cubista latinoamericano, toda vez que ellos comportan los núcleos proliferantes de los que hablara Alejo Carpentier y que se acogen, al mismo tiempo, al afán proyectivo de la fuga barroca. De ahí la serenidad volcánica de estas imágenes. Su silencio y distancia no son sino la celebración de los impulsos de vida que en ellas habitan como escondidos tras la superficie especular. Hay vida allí, en ese mismo espacio de generalizaciones y de superposiciones casi místicas, de depuración y de asepsia clínica. Hay vida, sí que la hay. Existe una voz que recorre esos mundos y la conecta, de un modo magistral, con la grandeza artesanal y ecuménica de sus lienzos. Es ahí, en esa conexión que alardea de sinergias bien orquestadas (entre pensamiento y obra) donde reside una de las elevadas virtudes de su trabajo: la consumación y epifanía de ese protoplasma enunciativo en el que la narración y ejercicio pictórico comulgan en el mismo espacio textual con independencia del medio y de sus lucubraciones lingüísticas y de sentido. Entre ambas visiones se descubren el carácter programático y el énfasis estructural que guían la poética en sus horizontes de realización y de consumación, con avidez y gravedad. La obra toda se revela como texto, como estructura gramatical que acopla cada una de sus partes en el trazado de una oración casi perfecta. La subordinación, el retruécano o la anfibología no le son ajenos, pero no resultan los recursos más atendibles de esa narrativa suya. La transparencia argumental y la densidad del lugar de la enunciación sí parecen ser los elementos más significativos en tal caso. De tal suerte, Tony, en este largo deambular, ensaya una suerte de retorno al lugar de origen. 

Observo las piezas detenidamente, haciendo pausas que acompaño del buen vino. Hurgo más allá de la superficie buscando los motivos que las inspiraron, en lugar de quedarme atrapado en lo que representan, en lo que ellas describen. Todas, a su modo, me remiten a ese espacio laberíntico y licenciosamente poético que conforma la ciudad y sus accidentes. Parecen ciudades ausentes poseídas por la pulsión autista que sepulta el ruido de voces. Paralizadas en el tiempo de una era lejana donde el silencio no es otra cosa que el triunfo del erotismo. Pienso en el contenido de estas imágenes y recuerdo, entonces, esa afirmación lapidaria de Louise Bourgeois que sugiere: “el contenido es hoy el mensaje erótico: todo lo que tiene lugar como resultado de la presencia de dos personas. Placer, dolor, supervivencia, en público o en privado, en un mundo real o imaginario”. Esta afirmación suya me redime y me escora. Está claro que puedo ensayar, que puedo especular y hacer de la lectura, tal vez, otra obra. Si el contenido no se reduce a lo que texto dice, sino que resulta de la erótica del diálogo entre unos y otros, no tiene por qué sobrevenirme ningún estado de culpa. No tiene por qué turbarme la idea de verme a mí mismo como un posible castrador, un violador de la subjetividad ajena, un tránsfuga delirante que se entromete donde no le llaman. Me siento libre. Puedo ensayar, puedo ensayar a mi antojo, bajo el flagelo de la inspiración y la sed de escritura. 

De repente y aliviado, me pregunto, ¿hubo una ciudad o fue la ciudad un sueño? ¿Acaso fue -tan sólo- una especulación furtiva o el antojo de un presagio de luces? ¿Tal vez una fantasía que fluctuaba entre infatigables espejos y se perpetúa así misma? ¿O un laberinto de posibilidades donde el Minotauro buscó en vano la mirada de mármol de las estatuas que antes quedaron ciegas? ¿Un espejismo, quizás? Tal vez fue todo eso y más. La ciudad magnífica le asistía, le interpela, disimulaba su silueta entre las enciclopedias, los atlas y los asideros inasibles de la memoria. Se hacía evanescente al tiempo que afirmaba su poderío como metrópolis globalizada de un tiempo histórico que se ocupa de deshacer su fatum de decadencia y de cansancio. Advertía, así, de su presencia como lo hace la voz en la ópera, pero igual regresaba a la superficie como el silencio incestuoso que tatuó la piel y el alma del inquilino errante y despavorido. 

Los que miran de prisa, haciendo galopar el ojo frente al vértigo insinuante de esta ciudad, no logran advertir la emoción de la que hace gala y la subordinan -por defecto- a la forma, a la gramática más elemental y vasta de todas sus partes. No pueden. No pueden fijarse en la eficacia de la emoción que la embarga y la penetra como en el éxtasis de la sinfonía última. Tan sólo se distraen en la disposición de sus partes, en la arquitectura del sintagma que le da forma y le dibuja. No ven más allá de la superficie especular y se hacen víctimas de la cacofonía, de la redundancia sin término abandonando a la amnesia su esplendor y su riqueza. Se muestran escépticos respecto de sus propias carencias. Sus tesis portan ya, ahora, el perfume envejecido de las novelas póstumas. Woody Allen se les adelanta, les hace un guiño perverso y narra entonces un palimpsesto temporal y de referencias infinitas en el que la ciudad es la confluencia sucesiva y confusa de pasado y presente, de realidad y ficción agazapadas en la escritura que resulta de un sentimiento nostálgico. 

Un alfabeto convencional de la pintura, de la ciudad o de la arquitectura puede definir esta tríada como una realidad o como un sueño. Tony, por su parte, gestiona el poder especulativo de la imagen y advierte que la capacidad relatora de una representación -por real o simulada que ésta sea- se conforma, a cada instante, en las nuevas pulsaciones de la vida y de la escritura. Sin ellas toda creación se convierte en nada. Tal vez por ello, y a lo largo de este texto, he sentido siempre una necesidad de vuelta, de regreso, de volver a ese lugar, de emprender nuevamente el viaje. 

Seguramente Tony irá a Santiago. Un santiaguero de raza no pierde el camino, no se deshace del hilo de Ariadna. Un día, con Tony y en sus barcas, iré a Santiago, iremos para sanar las heridas de este largo viaje, iremos para redimir el dolor en las voces del agua. 

Iremos a Santiago…

 

Mayo de 2020. Tiempo abstracto y concreto, tiempo de escritura, de pensamiento y de urgencia sanitaria. COVID-19. 

Tony Rodriguez

Somber Painting

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Somber Painting 

By Antonio Correa Iglesias

“… the things that die should not be touched” 

Jardín, Dulce María Loynaz

“…I suffered very much during my life watching the pitiful state of decay of our house in its last years, but I could do nothing to save it, and therefore I only hope and wish that it finally falls down…” It was listening to the deep lament in the voice of Dulce María Loyaz that I decided to write about the work of Cuban-American painter Juan Antonio Rodríguez [Santiago de Cuba 1980].

Perhaps one of the most relevant conflicts of “post-modernity” is the fact that, given the absence of a “canonic” way of approaching the production of images, the referential element loses meaning, putting an “end” to some extent to a tradition and a metaphysical “conviction”. Hence the “displacement” from the production of art to the documentation of the work of art. Between this symptomatic back and forth, a tradition and understanding of contemporary art has been established in the last sixty years. When “identifying” art with life [Duchamp or Joseph Beuys], the art works not always have the best luck. “When we enter an art exhibition, we usually take for granted that what we see there –be it paintings, sculptures, drawings, photographs, videos, readymade or installations– is art. However, works of art can refer you in one way or another to something they are not; for example, to objects from reality or to certain political contents, but do not refer you to art because they are art”. Two questions underlie this reasoning: what does it mean to be contemporary in the field of art? And: “How long is one a contemporary in the field of art? Everything said above is also valid to argue that the so-called “painting turn” in contemporary Cuban art has been going through an “epistemology of the image”, a sort of “immunization” in the face of the symptomatology that opposes the object to the documentation of the art from its own experience. The nature of this turn –as happened in the field of language– places us, as proposed by Kvanvig (2003) before the fact, not of determining the “false” or “true” nature of the image, but its role in the construction of knowledge.

II

Painting as visual training is a space of references, a referential constructed simultaneously. Without references, painting lacks meaning, lacks foundation. This is only one of the reasons why the painting of Antonio Rodríguez is so moving. It is the emphasis of a limbo in which we gravitate toward a profound loneliness. The agony in the work of Antonio Rodríguez is not only the feeling for the dissolution of a city, of a world; it is, above all things, an agony for ceasing to be; it is the dissolution of an entity called human being, condemned to disappear. Nietzsche used to say that man’s greatest sin was to have been born.

The work of Tony Rodríguez is part of a painting centralization that revokes any soliloquy, any inner dialogue. Everything is exteriorized, everything is public, like the very sensation of the somber loneliness.

With always ochre shades and a skill in the symbolic synthesis, his iconography ends in an overabundance that reinforces the entity gravitating in the canvas center. Everything is suspended, reinforcing that ephemeral character that makes obstacles for the transcendental human will in culture. The recurrent centrality in the work of Antonio Rodríguez fixes a point of attention from which the entire visuality is organized. Everything gravitates around it, as if it were a curse. The chromatic handling of this centrality keeps away any vestige of hope; his palette, oriented toward the profound sepias, establishes a frame of mind that emphasizes on the decay, as in those photographs by Andrés Serrano at the morgue.

The neat care of the painting details is an element to be taken into consideration, since it underlines a frequently overlapped baroque. To cover the painting space is not an obsession; in any case, Tony Rodríguez saturates his canvas with details to emphasize the variegation and rust of a city that, like its actors, is decaying. The city of Juan Antonio Rodríguez, in any case, is a hybridized city just like culture, pastiche in its own reinvention; a reinvention that is not always kept in step with tradition, driven on above all by the survival in inexplicable balance.

The city of Antonio Rodríguez, like that of Ponte, of Pedro Juan Gutiérrez or the city of Dulce María Loynaz, is a ruined space where not only the city –architecture of a nation– decays, but also the subjects who inhabit it, the individual who remains. But the city of Antonio Rodríguez is also the panoptic city that causes madness, the watched over, watchful city that punishes, the city island, laboratory, surrounded by water.

Like few, Antonio Rodríguez reinforces –perhaps Tomás Sánchez may be the exception– the sense of insularity in painting. His work subtly emphasizes the determining factor of isolation in an oblique sense. Not only is the damned circumstance of water everywhere, but also the dark premonition, the “collective premonition of the end”. The island is not only surrounded by water; a flood of slogans overwhelms the insularity, fragile and frustrated with the revolutionary illusion.

The city-island present to such great extent in Tony Rodríguez’s painting had its parallel in the literature of Guillermo Cabrera Infante, who, obsessed by the style and rhythm of the city, points out a distinctive identity, plagued by whim and will. These elements introduce a narrative character in the painting of Tony Rodríguez that reinforces a search, a sort of archaeology of himself: how did we arrive to these conditions? How did we reach this pitiful state of decay?

This painting theatricality in the work of Tony Rodríguez is a binnacle, chromatic emphasis of the disillusion, “now that all illusions are dead…”, although at the same time it is a distrustful handling of the ambiguities and mirages. And it is so because Antonio Rodríguez’s painting is full of profound despair. The somber character, the profound discontent of his painting, the discouragement, the overcrowding, the misty existence of a man compete with a prudish production that, nourishing from trivial arguments, has a discourse of merely decorative background in painting and its curatorship.. 

Like the house –the island– in Jardín, the work of Juan Antonio Rodríguez also contains an ecumenical will, a sort of enlightening precaution. In its somber sadness, the work of Tony Rodríguez sparkles lights “… that once lit never extinguish, and that, displaced from all ends of the Earth, now arrive to break this quietness, to explore this loneliness.”

 

Tony Rodriguez

 

Pintura sombría

Por Antonio Correa Iglesias

“… las cosas que se mueren, no se deben tocar”

Jardín, Dulce María Loynaz

“…yo he sufrido mucho en mi vida cuando veo el estado lastimoso en que esa casa nuestra ha llegado a tener en sus últimos tiempos; pero no pude hacer nada por salvarla y así, lo único que espero y deseo es que acabe de derrumbarse…”  Fue escuchando la queja profunda en la voz de Dulce María Loynaz que decidí escribir sobre la obra del pintor cubanoamericano Juan Antonio Rodríguez [Santiago de Cuba 1980]

I

Quizás uno de los conflictos de mayor relevancia de la “postmodernidad” sea el hecho de que al no existir un modo “canónico” de abordar la producción de imágenes, lo referencial pierde sentido, poniendo “fin” en cierta medida a una tradición y a una “convicción” metafísica. De ahí el “desplazamiento” de la producción de arte a la documentación de la obra del arte. Entre este backs and forths sintomático se ha establecido una tradición y comprensión del arte contemporáneo en los últimos sesenta años. Al “identificar” el arte con la vida, [Duchamp  o Joseph Beuys] las obras de arte en esta identificación no siempre corren la mejor suerte. “Cuando entramos en una exposición de arte, habitualmente partimos de que lo que allí vemos -sean pinturas, esculturas, dibujos, fotografías, videos, ready made o instalaciones- es arte. Sin embargo, las obras de arte pueden remitir de uno u otro modo a algo que ellas no son, por ejemplo, a objetos de la realidad o a determinados contenidos políticos, pero no remiten al arte, porque son arte.” Dos preguntas se subyacen de esta argumentación, ¿qué es ser contemporáneo en el campo del arte? y ¿hasta cuando se es contemporáneo en el campo del arte? Todo lo anterior vale también para considerar que el llamado “giro pictórico” en el arte cubano contemporáneo, se ha conduciendo por una “epistemología de la imagen” suerte de “inmunización” ante la sintomatología que contrapone el objeto arte a la documentación del arte desde la experiencia de sí. El carácter de este giro -como lo fue en el campo lingüístico- nos coloca como propone Kvanvig (2003) ante el hecho ya no de determinar la naturaleza “falsa” o “verdadera” de la imagen sino su papel en la construcción del conocimiento. 

II

La pintura como entrenamiento visual es un espacio de referencias una referencialidad que se construye de forma simultanea. Sin referencias, la pintura carece de sentido, carece de fundamento. Esta es solo una de las razones por las cuales la pintura de Antonio Rodríguez es tan conmovedora. Es el énfasis de un limbo en el que gravitamos hacia una profunda soledad. El desgarramiento en la obra de Antonio Rodríguez no solo es el sentimiento por la disolución de una ciudad, de un mundo, es sobre todas las cosas un desgarramiento por dejar de ser, es la disolución de una entidad llamada hombre, condenada a desaparecer. Nietzsche decía que el mayor pecado del hombre es haber nacido.  

La obra de Tony Rodríguez, participa de una centralidad pictórica que deroga cualquier soliloquio, cualquier diálogo interior. Todo se exterioriza, todo es público, como la propia sensación de la sombría soledad.

Con tonos siempre ocres, y con una destreza en la síntesis simbólica, su iconografía resulta en una sobre abundancia que viene a reforzar la entidad que gravita en la centralidad del lienzo. Todo está suspendido, reforzando ese carácter efímero que pone cortapisas a la voluntad trascendentalista de lo humano en la cultura. La recurrente centralidad en la obra de Antonio Rodríguez, coloca un punto de atención a partir del cual se organiza toda la visualidad. Todo gravita en torno a ello, como si de una maldición se tratase. El manejo cromático de esta centralidad, aleja cualquier vestigio de esperanza; su paleta, orientada a los sepias profundos, establece una tesitura que enfatiza la descomposición; como en aquellas fotografías de Andrés Serrano en la morgue.

El esmerado cuidado de los detalles pictóricos es un elemento a considerar una vez que este viene a reforzar un barroquismo muchas veces solapado. Cubrir el espacio pictórico no es una obsesión, en todo caso, Tony Rodríguez satura su lienzo de detalles para enfatizar lo abigarrado y herrumbroso de una ciudad que, como sus actantes se descompone. La ciudad de Juan Antonio Rodríguez es en todo caso una ciudad hibridizada como la cultura, pastiche en su propia reinvención; una reinvención no siempre acompasada con la tradición; impulsada más que todo por la supervivencia en un equilibrio inexplicable.

La ciudad de Antonio Rodríguez, como la de Ponte, la de Pedro Juan Gutiérrez o la ciudad de Dulce María Loynaz es un espacio ruinado donde no solo se descompone la ciudad -arquitectura de una nación- sino también los sujetos que la habitan, el individuo que permanece. Pero también la cuidad de Antonio Rodríguez es la cuidad panóptico que engendra la locura, la ciudad vigilada, vigilante, que castiga, la ciudad isla, laboratorio, rodeada de agua por todas partes.

Como pocos, Antonio Rodríguez, refuerza -quizás Tomás Sánchez sea la excepción- el sentido de la insularidad en la pintura. Su obra hace un énfasis sutil en la condicionante del a-islamiento en un sentido oblicuo. No solo la maldita circunstancias del agua por todas partes, sino también la oscura premonición, el “presentimiento colectivo del fin” La isla no solo esta rodeada de agua, un mar de consignas abruma la insularidad quebradiza y frustrada con la ilusión revolucionaria. 

La ciudad-ínsula tan presente en la pintura de Tony Rodríguez, ha tenido su paralelo en la literatura de Guillermo Cabrera Infante, quien, obsesionado con el estilo y el ritmo de la ciudad, señala una identidad singular plagada por el capricho y la voluntad. Estos elementos introducen un carácter narrativo de la pintura de Tony Rodríguez que vienen a reforzar una búsqueda, una suerte de arqueología de si mismo: ¿cómo es que hemos llegado a estas condiciones? ¿Cómo hemos llegado a este estado lastimoso del deterioro? 

Esta teatralidad pictórica, en la obra de Tony Rodríguez es una bitácora, énfasis cromático de la desilusión, “ahora que se han muerto todas las ilusiones…” aunque es al mismo tiempo un suspicaz manejo de las ambigüedades y los espejismos. Y es que la pintura de Antonio Rodríguez esta plagada de una profunda desesperanza. El carácter sombrío, el malestar profundo de su pintura, el desaliento, el hacinamiento, la brumosa existencia de un hombre contrapuntea con toda una producción mojigata que, llenándose de argumentos banales, tiene en la pintura y en su curaduría un discurso con un trasfondo meramente decorativo. 

Como la casa -la isla- del Jardín, la obra de Juan Antonio Rodríguez abriga -también- una voluntad ecuménica, una suerte de aleccionadora previsión. En su sombría pesadumbre la obra de Tony Rodríguez destella luces “…que una vez prendidas no se apagan más y que llegan ahora desplazadas de todos los ámbitos de la tierra para quebrar esta quietud, para sondear esta soledad”. 

Tony Rodriguez

Dream World…

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Dream World…

By Babacar Mbow

Congratulations Tony Rodríguez, excelent work. 

The thematic of the artist Tony Rodríguez finds pan-Caribbean linkages as in the work of Antonio Eligio Fernández (Tonel), Mundo Soñado at the Museo de Bellas Artes of Havana. In it, we see a world map composed as a puzzle of pieces of wood that have the shape of Cuba.

In Tony Rodríguez we see the usual perspective, the strength of drawing and color that each Cuban requires to look at his island through a mixture of cultures from somewhere else, finds itself inversed. His world becomes a projection of isolation, of piecing of the island. But, at the same time, the world created by the artist is recomposed in a complete and harmonious manner by the island, capable of expanding infinitely by “repetition” of itself.

Cuban writer Antonio Benítez-Rojo these in a concept of Repeating Island using Chaos theory with the claims that within the disorder represented by nature, there are repeating regularities. For Rojo then, as for the excellent artist Tony Rodríguez despite the Caribbean’s disorder of geography, language, and politics, a repeating order exists.

Babacar Mbow: Executive Director of the Florida Africana Studies Consortium and was Director of Museum of Contemporary Art Miami (MOCA).

 

Tony Rodriguez
 

Mundo de Sueños

Por Babacar Mbow

Felicidades Tony Rodríguez, excelentes obras. 

La temática de la obra del artista Tony Rodríguez a veces encuentra vínculos pan-caribeños como en la obra de Antonio Eligio Fernández (Tonel), Mundo Soñado,  exhibida en el Museo de Bellas Artes de La Habana. En él, vemos un mapa del mundo compuesto como un rompecabezas de trozos de madera que tienen la Forma de Cuba. En Tony Rodríguez vemos la perspectiva habitual, la fuerza del dibujo y del color que obliga a cada cubano a mirar su isla a través de una mezcla de culturas de otro lugar, encontrándose invertida. Su mundo entero se convierte en una proyección de Aislamiento, de reconstitución de su isla, pero, al mismo tiempo, el mundo creado por el artista se recompone de manera completa y de forma armoniosa por la isla, capaz de expandirse Infinitamente por “repetición” de sí mismo.

 El escritor cubano Antonio Benítez-Rojo lo hace en un concepto de Isla Repetida usando la teoría del Caos, con las afirmaciones de que dentro del desorden representado por la naturaleza, hay repeticiones regulares. Para Rojo entonces, como para el excelente artista Tony Rodríguez a pesar del desorden caribeño de geografía, lenguaje y política… el orden repetido, existe.

Babacar Mbow: Director Ejecutivo del Consorcio de Estudios Africanos de la Florida y fue Director del Museo de Arte Contemporáneo de Miami (MOCA).

Tony Rodriguez

The truth is on your canvases…

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The truth is on your canvases…

Por Píter Ortega Núñez

Pórtico

La producción plástica del joven artista cubano Tony Rodríguez (Juan Antonio Rodríguez Olivares, Santiago de Cuba, 1980) se erige en torno a un núcleo temático fundamental: el universo del viaje. Los personajes del artista son unos eternos transeúntes, unos viajeros incansables. Experimentan un nomadismo perpetuo, un constante desplazamiento (físico y simbólico). La estabilidad y la permanencia no tienen cabida en sus narraciones. La pregunta interesante sería: ¿qué buscan estos seres?, ¿hacia dónde se desplazan?, ¿cuál es la finalidad última de su periplo?, ¿cuál es su meta?, ¿por qué les apasiona el movimiento?

Quimeras

Probablemente, más que una travesía física, se trata de un viaje ficticio, utópico, una sempiterna persecución de esos sueños, aspiraciones y anhelos de estos infatigables hombrecitos en marcha. Como El Quijote, estos personajes son unos guerreros románticos, unos justicieros henchidos de valor y profunda eticidad. Es así que se aprestan a conquistar el mar, a rebasar las fronteras terrestres que les aprisionan, a degustar el llamado sueño americano, a desafiar un nuevo orden mundial. O a retar el sol –como Ícaro–, a conocer ese día después de mañana. A conquistar el espacio, a sobrevivir con “extrañas formas”. A luchar por su libertad y plenitud. Su principal arma: la fe, la confianza en la infalible ley de la atracción, la certeza de que todo lo maneja la mente humana, y un pensamiento repetido mil veces se convierte en una verdad.

Símbolos

En relación con lo apuntado, el creador se vale de ciertos símbolos iconográficos de innegable efectividad y poesía visual: molinos, barcos, ruedas y hélices, relojes, globos aerostáticos, islas flotantes –móviles–, cámaras de tractor, manzanas, ciudades y su arquitectura. La mayoría alusivos al tránsito, al intercambio de relaciones espaciales. Íconos de visible teatralidad, cual puesta en escena de narraciones apócrifas. El autor hace convivir momentos históricos y escenarios geográficos divergentes, en una libertad de asociación y un alcance metafórico que se disfrutan sobremanera.

Tic tac

Otra constante en la obra de Tony Rodríguez es aquella relacionada con el tiempo y la memoria. En sus piezas la lógica temporal es difusa, compleja, se distancia de la manera en que la entendemos en nuestros contextos de interacción cotidianos. Los relojes del artista marcan una hora diferente a la nuestra. Son caprichosos, antojadizos. Inestables. Su tiempo es fractal. Adentrarnos en la poética del autor implica viajar al pasado y al futuro con la misma intensidad, y a veces ambos viajes ocurren, curiosamente, al unísono. Ello supone retroceder o avanzar cientos, miles de años. Tarea titánica, pero seductora, fascinante. La iconografía de Tony nos hace desconectar, volar hacia el vacío, proyectar nuestras mentes hacia lo más ignoto del universo, y regresar satisfechos (con muchas dudas, pero felices).

El estilo

Los trabajos del creador emplean una operatoria estilística cercana a los preceptos de la estética surrealista, en especial en lo que concierne a la convivencia de mundos antagónicos, espacios de representación dispares, con el ánimo de generar extrañamientos, más que analogías. Incluso, en algunas obras se evidencia un guiño directo a figuras emblemáticas de dicho movimiento artístico, como es el caso de René Magritte (“Welcome Mr. Magritte”). Los delirios y la fértil imaginación de Juan Antonio encontraron en el proceder surrealista la vía perfecta para canalizar sus preocupaciones temáticas. 

Sin embargo, Tony no se queda en el mero juego formal y tecnicista. Su interés va mucho más allá, hasta incursionar en profundas problemáticas sociales, psicológicas, éticas. Tales son los casos de tópicos recurrentes en sus obras como el desarraigo, la obstrucción de los ideales más genuinos, la huida física y espiritual, la complejidad del dueto héroe/antihéroe, la tensión entre el bienestar colectivo y la conveniencia individual, entre otros. El autor siempre quiere decirnos algo, le interesa que no nos quedemos en la complacencia visual, sino que ahondemos más allá de la superficie, que hurguemos en las heridas que subyacen. Quiere que reflexionemos, que nos situemos en el lugar de los sujetos de representación. Está consciente del decisivo papel del arte como herramienta de comunicación, como vía para expresar las inquietudes humanas más auténticas. Lo sabe y lo practica muy bien en sus creaciones.

La Historia del Arte

Otra línea temática de interés para el artista es la de revisitar el pasado de la Historia del Arte, mediante el homenaje y la reinterpretación de algunos de sus clásicos. Así ocurre con la apropiación que hace de la célebre obra de Gustave Courbet “El origen del mundo”, a la cual tituló “Courbet y yo”. En la versión de Tony el elemento erótico se acrecienta, debido a la incorporación de figuras humanas masculinas (¿el propio autor?) sobre el afamado torso femenino, a la manera de pequeños hombrecillos que curiosean en torno a las zonas erógenas. Al mismo tiempo, el componente arquitectónico y urbanístico de fondo le confiere un encanto mayor a la pieza.

También interesante resulta la versión que realiza a “La Gioconda”, de Leonardo Da Vinci, a la cual llamó “Monna Lisa Rastafarian XXI Century”. Interesante y chistosa a la vez. En esta ocasión el artista echa mano a un símbolo característico de ciertos guetos de la contracultura urbana del siglo XX (los drelos rastafaris) y los coloca en el lugar del pelo de La Gioconda, en un gesto perverso que me seduce enormemente. Esta Mona… es una hippie, una rebelde del arte y la vida, una transgresora de los cánones del protocolo histórico. Legítimo homenaje desde el humor, pero con múltiples lecturas sociales, culturales. Conjunción de alta y baja cultura, cultura de élite y cultura de masas. Proceso de banalización cultural, desacralización de modelos que eran considerados “de culto” para la tradición moderna… Aspectos todos que entroncan o emparentan esta pieza con la sensibilidad más auténticamente postmoderna.

Azul, siempre azul

Otro protagonista esencial en la obra de Tony es el mar, el océano omnipresente que todo lo puebla, todo lo domina. Un mar casi siempre enfurecido, tormentoso, que dialoga con los personajes a la manera de nefastos presagios, augurando acontecimientos difíciles, periplos dolorosos. Algo así como la maldita circunstancia del agua por todas partes. 

En la dirección anterior, los trabajos del artista abordan una temática que continúa siendo desgarradora para muchas vidas: la emigración, el éxodo en embarcaciones precarias, con toda la imaginación y la creatividad populares que se esconden detrás de este. Una emigración que no cesa, que no deja de cobrar numerosas vidas en el intento. “Estado de sitio”, “En busca de la libertad”, “La ciudadela”, “¿Por qué pedid ayuda, acaso no tienen fe?”, “Navegando”, “Solo la fe salva”, “Mare Nostrum”, “Atrapados”… son obras en las cuales la experiencia del emigrante se presenta como un problema no resuelto, como el principio de una tragedia de grandes dimensiones. 

Especialmente reveladora se me antoja “Estado de sitio”, donde la ciudad y su gente han quedado atrapadas en la circularidad de su propio viaje, en la nulidad e ineficacia de una travesía que conducirá, siempre, al punto inicial. Un cerco férreo más allá del cual pareciera no haber vida humana, sino más bien tierra árida, inhóspita, desértica. El dispositivo neumático que debió servir como agente de salvación y tránsito, se ha convertido en la propia cárcel de la tripulación. Aguda parábola del viaje como inconveniente, como limitación, como fracaso consumado. Como desilusión.

 

Tony Rodriguez
 

La ínsula

Paralelamente, y muy íntimamente ligado a las metáforas del mar, se presenta en la producción del autor el asunto de la insularidad. Como buen cubano que es, dicha arista no podía faltar dentro de sus creaciones. Sus trabajos están colmados de islas por doquier: islas estáticas, islas errantes, islas voladoras, islas aprisionadas… Las modalidades y variantes son infinitas, tanto como la capacidad de asociación poética del autor. Terruños donde los sueños germinan, y se desvanecen. Tierras de aventuras y desesperanzas, de utopías y desencantos. Obras hermosas, en definitiva, portadoras de una hondura humana muy notable. 

El nuevo orden…

Sin duda uno de los cuadros paradigmáticos dentro de la carrera toda del creador es “The New World Order”, del año 2012. En este se nos transmite un mensaje tremendamente bello. La escena está compuesta por una ciudad circular, cuya estructura nos recuerda de inmediato al coliseo romano. Al centro, un sujeto ofrece un discurso a las masas, mientras a sus espaldas se observa una pintura de tipo paisajístico. ¿Qué nos quiere indicar el autor con todos estos símbolos? Pues probablemente nos dice que, ante un “nuevo” orden mundial de barbarie y monstruosidades, de circos y gestos inhumanos, el arte será la vía para la salvación, para la redención de la especie humana. Ese individuo ha de estar brindando una charla de paz, una disertación de amor y nobleza, tan necesaria en nuestros días. Y qué bueno que su instrumento fundamental de convencimiento es el arte, ese camino tan recto a la nobleza del espíritu. En estos tiempos de sobrada violencia y muerte, de tanta guerra innecesaria, un cuadro como este me resulta enormemente sabio, por conciliador y altruista.

Nada que decir

Igual de lúcido y problematizador es el lienzo titulado “El discurso” (2009). En este caso se nos presenta la misma ciudad con semejante estructura circular evocadora de la gradería romana. Al centro, también un podio con dos micrófonos, con la única y esencial diferencia de que aquí el conferenciante está completamente ausente. Metáfora esta que se torna bien contundente. ¿Será que nadie se atreve a erigirse en predicador? ¿A qué le temen? ¿A qué se debe la ausencia de un líder? La ciudad ha perdido su orador, su misionero, lo cual es grave, en tiempos en que la palabra resulta medular en la construcción de mundos más democráticos, más justos. Entretanto, y curiosamente, cercano al podio se visualiza un grupo numeroso de libros, entre abandonados y dispersos. ¿A qué se debe este vínculo entre el ejercicio de la oralidad y el de la palabra escrita? ¿Será que el presunto disertante, de tantas lecturas y erudición, ha extraviado la voluntad del habla? Quién sabe. Por lo pronto, la obra me ha dejando pensando, y esa es una señal confortante.

Eso que nos infundieron

Otra pieza que merece un aparte en los análisis es aquella llamada “Lo que nos inculcaron” (2009). La reflexión esta vez gira en torno a esos mitos con que determinados macro-poderes inducen los modelos de comportamiento y los patrones de heroicidad de individuos y grupos sociales. Fábulas muchas veces erigidas sobre la falacia y el disfraz como modus operandi básico. La obra se enfoca en ese punto justo en que comenzamos a sospechar de eso que nos “persuadieron”. Aborda la claridad que ilumina al sujeto una vez que decide emanciparse frente a los dictámenes hegemónicos. Nos hace meditar en la importancia del instante de la duda.      

Nombrar las cosas

Además de sus virtudes en materia de oficio pictórico (dominio del dibujo, el claroscuro, la perspectiva, el uso del color, etc.), Juan Antonio destaca por la destreza que demuestra a la hora de titular sus obras, en la mayoría de los casos desde resortes poéticos muy marcados. Sus títulos son decisivos para comprender a cabalidad el alcance de significación de sus trabajos. Prueba de ello son algunos como “El gremio de los inconsultos”, “Abraham Lincoln explaining to a farmer about the american dream”, “The day after tomorrow”, entre otros.

Epílogo

Recientemente, en una conversación con el artista, este me decía que no le gustaba que lo valoraran solo por el oficio pictórico, que en sus propuestas lo que más le interesa es la reflexión, el pensamiento que se esconde detrás de cada uno de sus trazos. Y creo, luego de analizar detenidamente su trayectoria, que le asiste mucha razón. Para Tony el significante nunca es un fin en sí mismo, sino el canal para arribar a significados múltiples, de gran profundidad intelectiva. Más que para la retina, sus lienzos son un reto al raciocinio. Lo cual es un elemento muy a su favor. 

Then, keep going, my friend. The truth is on your canvases.

Tony Rodriguez

The Skin of the Objects…

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The Skin of the Objects…

By Toni Piñera

Inspiration is the vital weapon of the creator, and when it is intermingled with an unlimited imagination that crosses borders of reality/unreality, everything multiplies. The result is an integral, comprehensive, subjugating work… that catches all eyes and, above all, the souls. Because there are ingredients of the internal side that come to afloat to destabilize us in emotions.

In his artistic work, Tony Rodríguez (Juan Antonio Rodríguez Olivares) exploits the symbolic and hidden side of objects, and also those special relationships established at the unconscious level. Hence, in his peculiar creations, where the most varied objects of human daily life are recycled, he shows scenes that seem drawn from the dream world and, as such, transport us to an intangible reality close to us. It is similar to what happens when insects are trapped in the amber millions of years ago. His work transports us to a distant time and, at the same time nearby, motionless and frenetic, where objects get confused and mix in curious forms and connections. They represent the internal world and its complex connections in each emotional moment.

Freud discovered the hidden language of dreams. He went further than anyone in the understanding of dream language, which helped to consolidate the theory of the unconscious. He captured the symbolic side of facts, acts, thoughts … and saw that one thing is what we say, do and think, and another or what we really want to do and where thoughts and attitudes are directed…

His inner world is reflected in the surface of his pieces. It is, we could say without equivocation, a mirror of the soul. Through that visual map that fascinates us the gaze roams. Corners and facets of his life, memories, experiences, feelings, longings, dreams, and many more things emerge. Digging in his images many answers will come. Because what is woven within Man is common to all mortals, life, which although it walks on different and individual paths, always converges in a place where we are all one.

Tony Rodríguez is one of those artists of the visual image who in a short time has managed to universalize the reach of his Latin American condition. Because he is one of those who know how to integrate factors of national and continental idiosyncrasy (of the “real marvelous”), in the warp of what they artistically do, in the chosen visual language, in the signs and metaphors that they inhabit within their communicative images… It is, in a few words, a maker of strange worlds that cross the gaze raising images that although recognizable, resemble different stages of man, tinged by an unlimited imagination that makes us travel by universes where the present dresses of past and future. We walk through other dimensions and even the most varied cardinal points of human life…

Designs of any epoch, invented objects, elements of constructions of other times… emerge from the depths of the painting and fragments of material on the surface of the paintings that resemble “petroglyphs” and become graffiti of the present. The passage of time, we would say, is discovered in the successive layers of pigment, which function as reliefs, as rich in the textures of their surfaces as in their context. The creator is never content to represent life from a single perspective or through a technical dimension. His paintings, objects and other projects of multiple techniques capture a dynamic vision, sometimes chaotic, of the human condition, as existential as provocative, and much more, witty. Precise details and indefinite visions of the passage of time, captivate the audience and invite to speculate on the meaning of life in a world overflowed by technology, although often he invents his own. A fabric painted by the creator comes alive in virtue of the enigmatic coloring-an element that enriches the works, since there is a wisdom in him of placing it in the right place-, the fillings that often cross the painting as well as the accumulation of strange substances (materials forced to coexist with painting and talented drawing).

Solitary beings, surrounded by objects, and fragments of time and space…, the human spirit becomes ambivalent and indomitable. And it is unified within a pictorial space eroded to the same extent that its recognizable humanity appears challenged by the future. To emphasize this, the artist creates strange perspectives or scenes that vary even within the same work. It is that there is a visual delight in the excited energy of each painting, because that is the mind-thought of the creator. The images of Tony Rodríguez’s pieces are in a tense balance between opposing forces created by veils of colors and harsh textures –in many of them– and their constant metamorphosis.

A characteristic of his pictorial work are those figures that occupy surfaces in a way that makes them particularly vulnerable. They become metaphors of the earthly existence described through painting in unique ways. More than abstract or figurative values, the strangely vital and surprisingly diverse formal explorations that inform the work of the artist take the human situation as its point of departure. Safe strokes, environmental lyricism, overflowing creativity, and a sophisticated approach to the construction of the image distinguish his work as evidence of a unique artistic vision that has been recognized through original and daring exhibitions, and acclaim by critics and public. No doubt, he is also a “clairvoyant” who can see the passages of life through which human beings must navigate full of complexity and contradiction.

 

 

La piel de los objetos

Por Toni Piñera

La inspiración es el arma vital del creador, y cuando se entremezcla con una imaginación ilimitada que traspasa fronteras de realidad/irrealidad todo se multiplica. El resultado es una obra íntegra, abarcadora, subyugante… que atrapa todas las miradas y, sobre todo, las almas. Porque hay ingredientes de lo interno que salen a flote para desestabilizarnos en emociones.

En su trabajo artístico, Tony Rodríguez (Juan Antonio Rodríguez Olivares)  explota el lado simbólico y oculto de los objetos, y, también aquellas especiales relaciones establecidas a nivel inconsciente. De ahí que en sus peculiares creaciones, donde se reciclan los más variados objetos de la cotidianeidad humana, muestre escenas que parecen extraídas del mundo onírico y, cómo tales, nos transportan a una realidad intangible pero cercana a nosotros. Es algo semejante a lo que ocurre cuando los insectos quedan atrapados en el ámbar de hace millones de años. Su obra nos transporta a un tiempo lejano y, al mismo tiempo cercano, inmóvil y frenético, donde los objetos llegan a confundirse y se mezclan en formas y vinculaciones curiosas. Ellos representan el mundo interno y sus complejas conexiones en cada momento emocional.

Freud descubrió el lenguaje oculto de los sueños. Fue más allá que nadie en la comprensión del lenguaje onírico, lo que ayudó a consolidar la teoría del inconsciente. Captó el lado simbólico de los hechos, actos, pensamientos… y vio que una cosa es lo que decimos, hacemos y pensamos,  y otra lo que realmente queremos hacer y a donde van dirigidos los pensamientos y actitudes…

Su mundo interior se refleja en la superficie de sus piezas. Es, podríamos decir sin equivocarnos, un espejo del alma. Por ese mapa visual que nos encandila la mirada deambulan  rincones y facetas de su vida, emergen recuerdos, experiencias, sentimientos, anhelos, sueños y muchas mas cosas. Escarbando en sus imágenes surgirán muchas respuestas. Porque lo que se teje dentro del Hombre es algo común de todos los mortales, la vida, esa que aunque camine por rumbos diferentes e individuales, converge siempre en un lugar donde todos somos uno solo.

Tony Rodríguez es de esos artistas de la imagen visual que en corto tiempo ha logrado universalizar el alcance de su condición latinoamericana. Porque es de los que saben integrar factores de idiosincrasia nacional y continental (de lo “real maravilloso”), en la urdimbre de cuanto artísticamente hacen, en el lenguaje visual elegido, en los signos y las metáforas que habitan dentro de sus comunicativas imágenes… Es, en pocas palabras, un hacedor de mundos extraños que cruzan la mirada enarbolando imágenes que aunque reconocibles, semejan estadíos diferentes del hombre, teñidos por una imaginación ilimitada que nos hace viajar por universos donde el presente se viste de pasado y futuro. Nos pasea por otras dimensiones y hasta por los más variados puntos cardinales de la vida humana…

Diseños de cualquier época, objetos inventados, elementos de construcciones de otros tiempos… emergen de las profundidades de la pintura y los fragmentos de material en la superficie de los cuadros que semejan “petroglifos” y devienen en graffiti del presente. El paso del tiempo, diríamos, se descubre en las sucesivas capas de pigmento, que funcionan como relieves, tan ricas en las texturas de sus superficies como en su contexto. El creador nunca se contenta con representar la vida desde una perspectiva única o a través de una dimensión técnica. Sus pinturas, objetos y demás proyectos de técnicas múltiples captan una visión dinámica, a veces caótica, de la condición humana, tan existencial como provocativa, y mucho más aún, ocurrente. Detalles precisos e indefinidas visiones del paso del tiempo,  cautivan a la audiencia e invitan a especular sobre el significado de la vida en un mundo desbordado por la tecnología, aunque muchas veces el se inventa la suya. Una tela pintada por el creador cobra vida en virtud del enigmático colorido —elemento que enriquece los trabajos, pues existe en él una sabiduría al colocarlo en el lugar preciso—, los empastes que cruzan muchas veces por el cuadro así como por la acumulación de sustancias extrañas (materiales forzados a coexistir con la pintura y el dibujo talentoso).

Seres solitarios, rodeados de objetos, y fragmentos de tiempo y espacio…, el espíritu humano llega a ser ambivalente e indomable. Y se unifica dentro de un espacio pictórico erosionado en la misma medida que su humanidad reconocible aparece desafiada por el futuro. Para enfatizar esto, el artista crea extrañas perspectivas o panoramas que varían aun dentro del mismo trabajo. Es que llega a existir un deleite visual en la energía alborotada de cada pintura, porque así es la mente-pensamiento del creador. Las imágenes de las piezas de Tony Rodríguez se encuentran en un tenso equilibrio entre fuerzas opuestas creadas por velos de colores y ásperas texturas —en muchas de ellas— y su constante metamorfosis.

Una característica de su quehacer pictórico lo constituyen esas figuras que ocupan las superficies de una forma que las hace particularmente vulnerables. Se transforman en metáforas de la existencia terrenal descrita a través de la pintura en formas únicas. Más que valores abstractos o figurativos, las exploraciones formales extrañamente vitales y asombrosamente diversas que informan la obra del artista toman a la situación humana como su punto de partida. Trazos seguros, lirismo ambiental, desbordante creatividad y una sofisticada aproximación a la construcción de la imagen distinguen a su obra como la evidencia de una visión artística única que ha sido reconocida por medio de originales y atrevidas exposiciones, y aclamación por parte de crítica y público. No cabe dudas, el es también un “vidente” que puede ver los pasajes de la vida a través de los cuales los seres humanos deben navegar repletos de complejidad y contradicción.

Tony Rodriguez

Los nódulos pictóricos

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Los nódulos pictóricos de Juan Antonio Rodríguez Olivares

Por Pablo de Cuba Soria

Tony Rodriguez (Juan Antonio Rodríguez Olivares) pinta desde una recurrente paradoja compositiva: la proliferación de oasis habitados por materia perecedera (un par de zapatos, un auto destartalado, un paraguas, una cafetera, un tren…) que descansan en/flotan sobre espacios con tendencia a la infinitud, a la vastedad desolada. Lo transitorio y lo persistente se cruzan dentro del mismo marco, en la misma superficie (tela).

 Ante la imposibilidad de abarcar/poblar el espacio, el artista construye estos asideros como quien edifica/provoca metástasis de nódulos en la extensión vacía del inconsciente. Aunque, a diferencia de los seres y objetos dalinianos hechos casi en su totalidad de tejidos oníricos y a su vez correspondientes con la pesadillesca dimensión espacial en la que son colocados, los seres y objetos pictóricos de Rodríguez Olivares parecen no pertenecer a ese paisaje/territorio en el que se manifiestan. Es decir: tales oasis son exiliados en un contexto espacial que les resulta extraño; sin embargo, otro proceder no les queda que la supervivencia. 

 

Tony Rodriguez

 

Y en ese proceso de adaptación se articula un imaginario de yuxtaposiciones de los elementos, los cuales terminan expresándose en amalgamas de ellos mismos. Además, en ese agenciamiento de los oasis hay un crecer implosivo, hacia adentro. El nódulo crea un cerco/muro, a modo de planta dormidera, con el afuera baldío; y, en movimiento paralelo, (aunque divergente) se procrea/expande en su interior, modulando un universo íntimo que engendra dispositivos con reminiscencias pictóricas a lo Xul Solar y a lo René Magritte, y veladuras fílmicas a lo Miyazaki.

Así, condenados a cohabitar, el tiempo del nódulo se alarga (siempre perecedero), y el de la infinitud del exterior acontece en el estancamiento. En los nódulos la mirada se extiende en las proliferaciones internas del paisaje (urbano y/o rural) y de la materia, incluso se pueden ver/oír cruzamientos de ruidos (propulsiones constantes) y edificaciones (como esas recurrentes torres de Babel), por lo que se intuye que en ellos las gramáticas creativas aún se revelan. Por el contrario, en las superficies agotadas del afuera sólo se alcanzaría a escuchar, acaso, el graznar distorsionado de algún pájaro improbable.

Tony Rodriguez (Stgo de Cuba, 1980). Artista plástico. Ha realizado múltiples exposiciones colectivas y personales. Participó en la antesala de una Bienal de la Habana con la exposición Refugios del tiempo. Radica en Miami.